domingo, 6 de noviembre de 2016

Paisaje y nuestra presencia en Isla Bolaños, Chiriquí, Panamá



Es bello comprobar que en muchas partes del mundo la naturaleza está casi inalterada, nos conmueve y sorprende mirar y sentir con asombro que su esencia está en equilibrio. Es ineludible que debemos respetar y agradecer esa integridad que nos acoge y no dejar vestigios de nuestro paso. Cuando percibimos que ese lugar en especial es único en el planeta, que es inusual en su claridad y fuerza de vida, es una obligación tratar de ser tan puros como éste, escuchar sabiduría y sobre todo hacer que la visita sea una reverencia a su existencia. 

Llegamos al mismo lugar que de vez en cuando es ocupado por el turismo, pero ojalá que siempre sea el de un turismo atípico, que esté en disposición de alinearse con la alegría, la belleza y la pureza expresada en silencio y majestad de su paisaje.

Podemos arribar a un lugar y establecer una relación simbiótica, en que respetemos profundamente todos sus elementos tratando de que la comunicación sea en dos sentidos, no en solo uno. Vivir estos paisajes es como un sueño, es el éxtasis donde nos encontramos fluyendo completamente dentro de nuestra misma naturaleza.




El anhelo nostálgico de una armonía y equilibrio se hace posible al jugar como un niño en sus aguas turquesas y arenas blancas. El paraíso está aquí como una promesa que alcanza el corazón. 

Podemos aprovechar cada uno de estos lugares para profundizar en nuestro ser, atreviéndose a ser extraordinarios dentro de lo extraordinario que nos rodea, dando un paso hacia el yo interno, volviéndonos a sentir en un hogar acogedor y confiando una vez más en la tierra que nos sostiene.

Allí es posible entonces reencontrarnos con el lenguaje del alma, que está acercándonos a una espiritualidad naciente de la Tierra misma. Somos la luz de esta nueva conciencia que se enciende con la chispa de cada alma se que se despierta en ella.




Tanta belleza nos hace crecer en conciencia. La presencia humana puede tocar respetuosamente esa geografía con una intención amorosa que aún está viva dentro de nuestro corazón. Por eso a veces se presentan unos visitantes prudentes y respetuosos que no dejarán huella salvo un recuerdo  perdurable de amor y compasión.

Nos llevamos un conocimiento silencioso, bendecidos de reconocer a nuestro planeta como un hogar conectado a su ser. Esto es el arraigo, el anclaje de  nuestra luz de las estrellas, la luz del alma, en la profundidad de la materia, encarnándonos más en la Tierra, disfrutando estando presentes en el aquí y el ahora.

Fue un paisaje que nos hizo rendirnos  sintiendo que la vida realmente es digna de ser vivida y disfrutada siempre y no ocasionalmente. La Tierra tiene mucho para ofrecernos y lo podemos hacer con la máxima consideración. La vida es pura y simple, nosotros nos la complicamos, pero recordemos; somos Naturaleza, nos movemos con sus ritmos, honremos la danza de todas sus manifestaciones. Gaia está evolucionando con nosotros y somos UNO si hacemos de cada paso en la naturaleza una experiencia que nos hace crecer espiritualmente.



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